La Rosa Blanca

Junio 11, 2008

Leger, el “inventor” de máquinas

Por Raysa White

En arte, el siglo XX, se caracterizó por su mecanización y ruptura con todo tipo de tradiciones. Leger interpretó esta nueva era con abstracciones geométricas, trazos vigorosos y colores contrastantes.

 

Los sueños pueblan nuestra vida. Aún cuando se convierten en lugares comunes y soñar parece hasta ridículo, un buen sueño vale la pena de ser soñado.

 

Los artistas sobretodo viven de eso. Los pintores mucho, sobretodo porque como ven más que imaginar, sueñan. Y de estas escenas sacan los motivos de las suyas. Ha esto se le llamó surreal. Podría decirse una  subversión de lo real.

 

Fernand Leger pintaba, más que sueños, lo que para otros resultaba una obsesión. El mundo se había empezado a llenar de máquinas. El paisaje de otrora desaparecía para entregarnos un nuevo paisaje: moles cuadradas, trastopostásticas y corpulentas; adocenadas en diversas zonas obstruyendo el paso, aunque no fuese la intención.

 

En esos días, recién desmovilizado de la guerra, -la primera guerra mundial- se hizo amigo en Paris de dos grandes artistas, uno arquitecto y otro escritor y pintor. Eran nada menos que Le Corbusier y Ozenfant.  Entre largos cafés y anchos bulevares, debatieron los conceptos “puristas” de la creación artística, abogando por un “arte sano”. ¡Vaya que términos! ¿no? Un arte que reflejara el espíritu de la época. Leger se entusiasmó y con sus rectilíneas y trazos tubulares levantaba sobre la tela simulantes masas de acero y hormigón que daban cuerpo a la ciudad moderna.

 

Cada vez pintaba más máquinas, aunque no eran expresamente máquinas como las que conocemos. Las suyas eran otras muy diversas que recogían el sentir de un lugar, de un pensamiento y de una época. Por eso le llamaron “inventor” de las máquinas y retratista de la vida moderna. ¿Alguien recuerda haber visto La Ciudad, uno de sus cuadros más famosos? Como no paraba, y cada vez pintaba más y más obras con elementos industriales, dio pie a que le atribuyeran una estética: “la estética de la máquina”. 

 

Ese otro apego a crear ambientes lo hizo maestro de la escenografía, llegó hasta hacer una película, Ballet mécanique, cuyo decorado era, precisamente eso, ningún decorado.

 

Época maravillosa, cuestionadora; de aspiraciones y empuje. Todo está mal, hagámoslo bien. Bien es también diferente. Volteemos esto al revés y lo al revés pongámoslo al derecho. Se respira el morbo de la juventud. El impulso de la inexperiencia y la fe en la fuerza de la decisión. Se puede porque se quiere.

 

Cuando descubro lo que nos quiso mostrar con sus cuadros, sus piezas, sus diseños, ambientes decorados, con aquellas figuras y aquel modo de colocarlas en el espacio; cuando miro hasta donde llegó en sus afanes, creo identificarlo, a modo de retro, entre los bisoños jovenzuelos que despuntaban al siglo XX con el ímpetu del amanecer y los ojos resplandecientes, ávidos por meter la vida en ellos.  Moverse entre los asistentes a la famosa retrospectiva del Salón de Otoño, que tan vertiginosamente cambió los rumbos de la pintura. Bullía París, pues las ciudades tomaban más en serio los inicios de un siglo. Un mocetón español llamado Picasso, le pasó por el lado. Aún no se conocían. Alguien los presentó poco después.  Léger se suscribió al cubismo y pintó algunas composiciones. Y mucho abstracto. Era el furor de la época, cubismo y abstraccionismo, algunos artistas rusos se prendaron de su estilo, convirtiéndose en una importante influencia para el constructivismo.

 

Después marchó a los Estados Unidos, y llenó su artesa de acróbatas y ciclistas, pero no por mucho tiempo, pues su pintura cambió. También su pensamiento. Admiró a aquella clase obrera que veía bajar día por día a las fábricas. Cuerpos recios, continuos, obstinados. Los empezó a pintar tal como cual. Entonces se hizo el Leger realista de los años cincuenta.

 

Sucumbió como todos a la publicidad, y desplegó un arsenal de pósteres, digamos, carteles comerciales y cualquier tipo de arte aplicado, como vidrieras, mosaicos, cerámicas y diseño de escenografías. De hecho creó una fábrica de cerámica.

 

Fernand Leger. Me vino a la mente en estos días al ver pasar su cuadro El gran desfile (1954), hojeando una revista vieja de arte americano. El gran desfile, uno de sus últimos trabajos, hoy puede admirarse en el Museo Guggenheim, de Nueva York.

 

No han sido creadores, más bien titanes. Conquistaron la mente de los otros porque es lo que se admira del semejante, su dedicación y energía continuada en algún sueño, en alguna visión. ¡Qué modo de ser sinceros estos colosos modernos! ¿Modernos, dije? Consecuentes, tozudos, incesantes constructores. Los sueños terminan siendo nuestro ataque de originalidad. Llenar la realidad de nuestros sueños, que a la vez se llenaron de nuestra realidad. Uno a otra fabricándose: realidad y sueño. Un modo también de vivir y de inventarse.

 

La Habana, 1999. ©2002

 

 

 

 

Junio 5, 2008

HILLARY CLINTON: EL TRIUNFO MEJOR PERDIDO

 

Por Raysa White 

 

Hillary Clinton inició la carrera por la Presidencia de los Estados Unidos con una frase: “Estoy en la carrera y vengo para ganar”. Y ganó. Moral y simbólicamente ella es la presidenta de los Estados Unidos, así lo prueba el voto popular. ¿Por qué no lo consiguió físicamente? Por dos razones: una técnica y otra histórica. La técnica tiene que ver con la sanción a los estados de Michigan y La Florida donde se fue de calle, como decimos los cubanos, pero le quitaron los votos; y Puerto Rico, donde arrasó, pero los votos no valen por ser un estado asociado.

 

La razón histórica es que Obama es negro. No es de racismo el asunto, propiamente. Se trata en esencia, de lo que el otro lee cuando lo mira.  Porque el color de esa piel porta un signo de sufrimientos, siglos de abuso, crímenes sin aclarar, esclavitud, violaciones, segregación, trabajos forzados. Es, lo que por su color, la piel de Obama viene gritando –aún cuando él ni se ha enterado de ello.

 

Vivimos en una sociedad de valores aparenciales y la gente se equivoca con esto. Si nos detuviéramos, desprejuiciadamente, a estudiar la vida de cada uno, habría que reconocer que no se ha visto una rubia más negra que Hillary Clinton. Y de Obama no se puede decir ni viceversa, porque sus posiciones son bien ambiguas.

 

Pero dejando a un lado estas reflexiones, reconozco valores bien respetables en Hillary Clinton.

 

Pienso, por ejemplo, con respecto a Cuba, que Hillary fue sincera y prometió que en su gobierno haría todo lo posible para conseguir el cambio democrático en nuestro país, pero no se revolcó en el fango. Como no lo hizo tampoco cuando dijo que no votaría por el TLC a Colombia, sino se llegaba a un acuerdo con los sindicatos de ese país. Y en medio de su campaña hizo renunciar al jefe de la misma cuando supo que estaba relacionado con los intereses de Bush al respecto.

 

Obama, sin embargo, se sentó, en Miami, a comer con la Fundación Cubano Americana. ¿Qué hablaron? Sólo lo saben ellos. Pero la sonrisa de extremo a extremo no se le quita de su rostro desde ese día. ¡Tanto que queríamos a ese negro y se nos hizo pupú fuera de la taza!, dirán allá en La Habana. Lamentablemente los esquemas nos llevan a la tumba. No por ser negro se es justo, como no por ser pobre se es socialista. En este aspecto, nuestro amigo Marx patinó sobre la alfombra.

 

Hay un suceso, pienso, que dignifica a Hillary Clinton sobremanera: Cuando se le preguntó a Obama si estaría dispuesto a ser el Vice-presidente, en caso de ser ella la presidenta, su respuesta fue: No. Ahora se lo preguntaron a ella y su respuesta fue: “Estoy abierta a ello”. Debemos preguntarnos sin pasión alguna: ¿Quién tiene mejores cualidades: él, que no aceptaría estar bajo el mando de una mujer? ¿O ella que no tiene a menos estar debajo de un negro?

 

Hillary Clinton ganó. No jugándole sucio a Obama como se comentó en los medios, sino jugando al duro. ¿Y quién no sabía que era un “pura sangre” quien iba a correr en esta pista? ¿Defraudó a alguien? ¿Hizo algo malo? En una competencia todo se vale, en tanto no se envenene al contrario o se le ponga un traspiés, -pues lo primero sería homicidio y lo segundo falta-. Ella no hizo ninguna de estas dos cosas.

 

¿Quién perdió? El pueblo norteamericano, porque sacan del carril a quien pudiera ser una de los mejores presidentes de los Estados Unidos. Con el gran defecto, claro está, de ser mujer.

 

Finalmente, debemos admitir que los negros han sufrido más que las mujeres. De modo que es muy bueno que un negro sea el presidente de los Estados Unidos. Dios lo ha querido así. Es su venganza o su justicia. ¿En qué capucha el Ku Klux Klan va a meter ahora su siniestra cabeza? ¿Se levantarán de sus tumbas aquellos ricachones blancos dueños de las plantaciones y lo dejarán terminar su mandato? Habría que verlo, puesto que Obama no está solo. Votaron por él la mayoría de los negros, lógicamente, y todas aquellas personas que quieren unos Estados Unidos diferente, que son numerosísimas en Norteamérica, lo cual prueba que no sólo en Cuba se necesitan cambios. Se necesitan cambios en el mundo entero.

En tanto, Hillary Clinton ha demostrado varias cosas.  Entre ellas, que el lugar que tiene se lo merece; dos, que a pesar de sus depredadores, parece ser una gran persona. Y tres, que la testosterona –esa hormona tan escasa en los últimos tiempos- no es privativa de los hombres. © 2008

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