La Rosa Blanca

Enero 29, 2009

MI MALTRECHO MARTI

Por Raysa White

En su natalicio.

 

josemarti1Hace casi veinte años, en afanes de trabajo entré a grabar al Museo de Guanabacoa, un municipio al norte de Ciudad de La Habana. Después que terminé el encargo, pasé a uno de sus salones, que llevaba tiempo empeñada en visitar: la sala de José Martí. Vi los grilletes de cuando transitó por las canteras, las fotos, unas cartas; y encerrado dentro de una vitrina me llamó la atención un traje pequeñísimo, de talla estrecha, que más bien parecía la ropa de un adolescente. Sin embargo, una tarjeta decía que era el traje que José Martí usaba cuando vivía en Nueva York. Mi cuerpo se enfrió, salí al patio y me senté en un murito de ladrillos rojos a cavilar. Aquel traje se impactó en mi memoria. Por ella desfilaron las imágenes de un hombrecito, cabeza inclinada bajo la lámpara garabateando afanoso la hoja de papel, muchas hojas de papel, pomo de tinta, pluma mojando en tinta, uno, dos, tres, cuatro horas de la madrugada. Piernitas ligeras atravesando calles; cuerpo embasado en semejante chaqueta, digna de similares zapatos, tiritando de frío. Entrega de un sobre al director de un periódico, en espera de un salvador ¡APROBADO! para pagar la renta. Piernitas de nuevo subiendo escalones, baja calefacción porque el dinero no alcanza. ¡Cómo matar este frío que se apropia de mis huesos y un hambre que no se me desprende del estómago! Breve discurso aquí, largo y pasional allá. Cuerpito desplomado en el camastro. Ojos de ensueño. Feroz cansancio.

 

Por cierto, no vi la debatida botella de Ginebra que han advertido algunos detractores. Seguro estaba allí ¡por Dios, con ese frío! ¡Y esa hambre! Sobre una mesa o en algún lugar del piso, debe de haber estado, pero no la vi. Lo que vi fue la sombra de un gigante recostado al sillón con aquel trajecito, y me preguntaba cómo podía ser posible que de tan febril agotamiento hayan salido versos antológicos, frases geniales, pautas políticas, manifiestos de vida, y las grandiosas bases del Partido Revolucionario Cubano. Sólo un dios puede conseguir titánica hazaña. Lo vi después conspirando con Gómez, pujando con Maceo, envuelto en rabia, ansioso, de pasión inflamado, humilde como un niño, fiero como un leopardo, escrutando en alta mar el cielo negro, saltando sobre la arena de Playitas, abrazándolo todo con aquellos bracitos como si las playas y los montes cubanos fueran suyos. Finalmente aquel gesto imprudente de morir cara al sol.

 

Yo quería a Martí, al de los libros, al que estaba en el busto de la escuela, al de La Edad de Oro ¡qué historias tan hermosas! Lo quería ¿por qué no? Como se quiere al compañero de pupitre, o al vecino, por simple cercanía. Pero ese trajecito del museo ¡qué cosa! lo trastornó todo. Un sol contra la vida encarcelado en un traje zurcido. Sólo en alma, espíritu batiéndose; desarrajando montes, derribando murallas. Fue ahí exactamente –ni antes ni después- en que empecé a quererlo, dicho de modo íntimo, como se ama al amor de la primera vez. Un traje. Se dice y no se cree. Una simple prenda de vestir pudo abatirme el músculo. Revolverme el misterio.

 

Y así, cuando en mi mente la angustia comienza a apagar los candiles –esos momentos raros en que el nervio se afloja-, me abrazo a la memoria de aquel traje como el niño a su madre, desnuda e indefensa; o temblorosa y leve, como el agua a su pez.

Enero 27, 2009

Ven, Bola, toca este piano

boladenieveEsta noche tu piano está vacío
y suelo imaginar que tu voz
se recuesta en mi hombro
como cuando era niña
la figura apoyada en la vidriera.

…tengo las manos tan desechas de apretar

Ven, Bola,
tu teclado está aquí
mete tus manos
toca.
Hay un ruido cuajado en cada espacio
entre mis huesos y un frío
como nubes duras y una lluvia
feroz que nos consume.
Por sobre mi ventana está lloviendo
Mordiendo el cristal roto.

…yo que he luchado contra toda la maldad

sólo quiero que vengas y destroces el piano
tecla a tecla el corazón me arranques

…no te detengas a mirar
las ramas muertas del rosal

Ven, Bola, por favor, toca este piano
también yo estoy tapándome los ojos
en lesa cobardía
también la mezquindad me hace perpleja.

…Tú
que llenas todo de alegría y juventud
que ves fantasmas en las noches de trasluz

y esa nefasta cuerda
corriendo por mi cuello

…y oyes el canto perfumado del azur

Tu dolor es un disco
gangueando entre las vueltas la gastada aguja
rayándote la placa

Tal vez puedas subir el dial del corazón
Tal vez puedas subirlo
Porque hay grande aguacero

…vete de mí

Esta noche estoy con los fantasmas

…seré en tu vida lo mejor
de la neblina del ayer

derrochando mi amor de pájaros y yerbas

…cuando me llegues a olvidar

quizás no sea el amor que necesitas
pero es amor al fin
amor del bueno

…mira el paisaje del amor
que es la razón para soñar

Esta noche yo siento que estás cerca
Y no quiero estar dormida cuando llegues

…y amar

Ven, Bola, por favor, toca este piano
Por suerte junto a ti no tengo miedo

…Yo que he luchado contra toda la maldad
tengo las manos tan desechas de apretar
que ni te puedo sujetar…

A Bola de Nieve lo he recordado en dos poemas: Ven, Bola, toca este piano -que da título a esta entrada- y otro que forma parte de Cinco cuentos de amor y un adulterio, el poema:

IV

Hoy vino Dios, Bola entró, viniste tú
En fin, tengo visitas especiales
Nadie imagina que está aquí
él, sobretodo, y tú.
Dios, que no ha sido
invitado, pero se halla en todas partes
hace una señal de compasión que no le conocía.
La música también como él, dondequiera, entra
dulzona, y sale. Desentumece temas lumbagueados
en algún rincón…yo no se lo que me pasa, pero tengo un sentimiento.
Ella, señora en el umbral, me enternece el oído.
El perro queda afuera. La neblina y el amor
serán mejor que el verso aquel
si es que te llego yo a olvidar
mientras me incendio en tu canción
y en esa música. (*)

Bola posee el don de la ternuriedad, una especie de unión entre la piedad y la ternura, -digo yo-. Se presenta en cualquier parte, camina pegado a ti y no lo notas. Un espejo que no estaba y ahora está, te lo devuelve de pie, manos en la cadera, con su cabezota, balanceándola de un lado a otro como un péndulo, parece que te comprendiera. ¿Te marchas?, le preguntas ¿o llegaste? No responde, no es eso a lo que viene. Me tratas como ella, que no responde, como si una piedra se moviera del otro lado. No me perdona mi libertad. No me perdona mi poca paciencia para resistir el olvido. Para secarme como una ostra dentro del corazón de un perro. ¿O es que me ha hecho algo malo, y se muere de vergüenza? Hace un gesto extraño, de malabarista y un teclado se despliega encima del entorno oxigenado. Es parte de su yo. Una extensión de su cuerpo. No es el teclado, es su sonrisa. Vaya, hombre, cualquiera diría que de tus dientes sacas música. Y comienza a entonar esta canción:

Písale encima con el mouse, como si fuera con tu pie y verás el milagro.

Bola era de esos ángeles que, cuando le pateaban, de entre sus alas brotaba música.

Raysa White, 2009

(*) Ven, Bola, toca este piano y Cinco cuentos de amor y un adulterio forman parte del libro Debe ser que no supimos, de Raysa White Editorial Akerú Publicaciones, Ediciones 2004 y 2008.

Junio 11, 2008

Leger, el “inventor” de máquinas

Por Raysa White

En arte, el siglo XX, se caracterizó por su mecanización y ruptura con todo tipo de tradiciones. Leger interpretó esta nueva era con abstracciones geométricas, trazos vigorosos y colores contrastantes.

 

Los sueños pueblan nuestra vida. Aún cuando se convierten en lugares comunes y soñar parece hasta ridículo, un buen sueño vale la pena de ser soñado.

 

Los artistas sobretodo viven de eso. Los pintores mucho, sobretodo porque como ven más que imaginar, sueñan. Y de estas escenas sacan los motivos de las suyas. Ha esto se le llamó surreal. Podría decirse una  subversión de lo real.

 

Fernand Leger pintaba, más que sueños, lo que para otros resultaba una obsesión. El mundo se había empezado a llenar de máquinas. El paisaje de otrora desaparecía para entregarnos un nuevo paisaje: moles cuadradas, trastopostásticas y corpulentas; adocenadas en diversas zonas obstruyendo el paso, aunque no fuese la intención.

 

En esos días, recién desmovilizado de la guerra, -la primera guerra mundial- se hizo amigo en Paris de dos grandes artistas, uno arquitecto y otro escritor y pintor. Eran nada menos que Le Corbusier y Ozenfant.  Entre largos cafés y anchos bulevares, debatieron los conceptos “puristas” de la creación artística, abogando por un “arte sano”. ¡Vaya que términos! ¿no? Un arte que reflejara el espíritu de la época. Leger se entusiasmó y con sus rectilíneas y trazos tubulares levantaba sobre la tela simulantes masas de acero y hormigón que daban cuerpo a la ciudad moderna.

 

Cada vez pintaba más máquinas, aunque no eran expresamente máquinas como las que conocemos. Las suyas eran otras muy diversas que recogían el sentir de un lugar, de un pensamiento y de una época. Por eso le llamaron “inventor” de las máquinas y retratista de la vida moderna. ¿Alguien recuerda haber visto La Ciudad, uno de sus cuadros más famosos? Como no paraba, y cada vez pintaba más y más obras con elementos industriales, dio pie a que le atribuyeran una estética: “la estética de la máquina”. 

 

Ese otro apego a crear ambientes lo hizo maestro de la escenografía, llegó hasta hacer una película, Ballet mécanique, cuyo decorado era, precisamente eso, ningún decorado.

 

Época maravillosa, cuestionadora; de aspiraciones y empuje. Todo está mal, hagámoslo bien. Bien es también diferente. Volteemos esto al revés y lo al revés pongámoslo al derecho. Se respira el morbo de la juventud. El impulso de la inexperiencia y la fe en la fuerza de la decisión. Se puede porque se quiere.

 

Cuando descubro lo que nos quiso mostrar con sus cuadros, sus piezas, sus diseños, ambientes decorados, con aquellas figuras y aquel modo de colocarlas en el espacio; cuando miro hasta donde llegó en sus afanes, creo identificarlo, a modo de retro, entre los bisoños jovenzuelos que despuntaban al siglo XX con el ímpetu del amanecer y los ojos resplandecientes, ávidos por meter la vida en ellos.  Moverse entre los asistentes a la famosa retrospectiva del Salón de Otoño, que tan vertiginosamente cambió los rumbos de la pintura. Bullía París, pues las ciudades tomaban más en serio los inicios de un siglo. Un mocetón español llamado Picasso, le pasó por el lado. Aún no se conocían. Alguien los presentó poco después.  Léger se suscribió al cubismo y pintó algunas composiciones. Y mucho abstracto. Era el furor de la época, cubismo y abstraccionismo, algunos artistas rusos se prendaron de su estilo, convirtiéndose en una importante influencia para el constructivismo.

 

Después marchó a los Estados Unidos, y llenó su artesa de acróbatas y ciclistas, pero no por mucho tiempo, pues su pintura cambió. También su pensamiento. Admiró a aquella clase obrera que veía bajar día por día a las fábricas. Cuerpos recios, continuos, obstinados. Los empezó a pintar tal como cual. Entonces se hizo el Leger realista de los años cincuenta.

 

Sucumbió como todos a la publicidad, y desplegó un arsenal de pósteres, digamos, carteles comerciales y cualquier tipo de arte aplicado, como vidrieras, mosaicos, cerámicas y diseño de escenografías. De hecho creó una fábrica de cerámica.

 

Fernand Leger. Me vino a la mente en estos días al ver pasar su cuadro El gran desfile (1954), hojeando una revista vieja de arte americano. El gran desfile, uno de sus últimos trabajos, hoy puede admirarse en el Museo Guggenheim, de Nueva York.

 

No han sido creadores, más bien titanes. Conquistaron la mente de los otros porque es lo que se admira del semejante, su dedicación y energía continuada en algún sueño, en alguna visión. ¡Qué modo de ser sinceros estos colosos modernos! ¿Modernos, dije? Consecuentes, tozudos, incesantes constructores. Los sueños terminan siendo nuestro ataque de originalidad. Llenar la realidad de nuestros sueños, que a la vez se llenaron de nuestra realidad. Uno a otra fabricándose: realidad y sueño. Un modo también de vivir y de inventarse.

 

La Habana, 1999. ©2002

 

 

 

 

Blog de WordPress.com.