La Rosa Blanca

Septiembre 20, 2009

VOTAR POR LA PAZ SIN FRONTERAS

Por Raysa White

Han pasado algunos meses desde que Juanes se rapó su codiciada melena –por cierto que el cabello le crece tanjuanes-concierto-paz-colombia veloz como a un simio- y fue a darles un concierto por la paz a los militares colombianos. El lado “oscuro” –y esto, que conste, no tiene insinuación racista – de la izquierda colombiana escupió, zapateó y abucheó al controvertido. “No te queremos; le vas a cantar a los asesinos militares”. Pero Juanes hizo su concierto por la Paz, que lo comenzó –hablando como los locos- en la frontera de Colombia con Venezuela.

Ahora Juanes tiene la osadía de hacerlo nada menos que en la Plaza de la Revolución, en La Habana, y el lado “negro” de la derecha cubana-miamense rompe sus discos, lo abuchea, escupe sobre su camisa negra –a saber, con qué “bajooo” porque Juanes suda más que un caballo.

De veras que este Juanes, definitivamente, es un empecinado. Hay personas así, que aunque saben de música no aceptan tocar en bandas. Y deciden hacer lo que su corazón les inspira. No por lo que me dan los de acá ni por lo que me dan los de allá. A lo cual me adhiero, porque me pongo decididamente del lado de Dios. De los que no somos hipócritas cuando al terminar la misa le damos la mano al hermano que está a nuestro lado y le ofrecemos la paz –sin preguntarle si es partidario de castro, uribe, led zeppelín o los rolling stone.

Hoy, en La Habana, Juanes y sus amigos ofrecen un concierto de paz. Cantarán gratis para un pueblo sufrido por todas las partes, un pueblo que está pagando una guerra desgarrante entre dos bandos, aferrados al poder como el náufrago a la tabla. Ignorando que el gran poder no está en la tierra. Un pueblo noble y hermoso que se asfixia ante tanta intolerancia y maledicencia. Hoy Juanes envolverá de alegría al pueblo cubano que para calmar su sed se le pondrá –lo más probable- pipas con agua y “líquido de freno” a precio estatal, que es muy barato.

Pero observen un detalle, hoy, a su vez, un grupo de los “vivos”, y a la misma hora, en Miami, aprovecha la gran oportunidad que ofrece los desafueros de lo más oscuro de la…, y brinda un concierto en donde se romperán los discos de Juanes, se venderán, de seguro, miles de discos de Manolos y Manolitas, hamburguesas con servilletas de Juanes echado a los tiburones, camisetas de Juanes dándose un beso en la boca con Fidel Castro –eso sería genial, Don Photoshop mediante-, y por qué no, botines con juanetes. “A río revuelto … -opinan los organizadores- … nos aliviamos un poco de esta importuna crisisita. Al fin y al cabo, la defensa es permitida… Y se van en paz respetando cada uno su frontera.

Para los que estamos educados en la misericordia, votamos por Juanes. Por su concierto en La Habana. Por su conducta coherente de entregar la Paz. Por los que desde el sufrimiento, sin murallas ni tendencias, abogamos por la renovación del género humano en el entendimiento del perdón y el amor. Porque la música, una vez más, sea embajadora de una nueva resurrección. Y porque nos da el deseo de hacerlo, aunque Lola la Chula y Pepe el Globero, no me inviten mañana a su boda de Coral Gables.

Ya lo sabe.

Enero 29, 2009

MI MALTRECHO MARTI

Por Raysa White

En su natalicio.

 

josemarti1Hace casi veinte años, en afanes de trabajo entré a grabar al Museo de Guanabacoa, un municipio al norte de Ciudad de La Habana. Después que terminé el encargo, pasé a uno de sus salones, que llevaba tiempo empeñada en visitar: la sala de José Martí. Vi los grilletes de cuando transitó por las canteras, las fotos, unas cartas; y encerrado dentro de una vitrina me llamó la atención un traje pequeñísimo, de talla estrecha, que más bien parecía la ropa de un adolescente. Sin embargo, una tarjeta decía que era el traje que José Martí usaba cuando vivía en Nueva York. Mi cuerpo se enfrió, salí al patio y me senté en un murito de ladrillos rojos a cavilar. Aquel traje se impactó en mi memoria. Por ella desfilaron las imágenes de un hombrecito, cabeza inclinada bajo la lámpara garabateando afanoso la hoja de papel, muchas hojas de papel, pomo de tinta, pluma mojando en tinta, uno, dos, tres, cuatro horas de la madrugada. Piernitas ligeras atravesando calles; cuerpo embasado en semejante chaqueta, digna de similares zapatos, tiritando de frío. Entrega de un sobre al director de un periódico, en espera de un salvador ¡APROBADO! para pagar la renta. Piernitas de nuevo subiendo escalones, baja calefacción porque el dinero no alcanza. ¡Cómo matar este frío que se apropia de mis huesos y un hambre que no se me desprende del estómago! Breve discurso aquí, largo y pasional allá. Cuerpito desplomado en el camastro. Ojos de ensueño. Feroz cansancio.

 

Por cierto, no vi la debatida botella de Ginebra que han advertido algunos detractores. Seguro estaba allí ¡por Dios, con ese frío! ¡Y esa hambre! Sobre una mesa o en algún lugar del piso, debe de haber estado, pero no la vi. Lo que vi fue la sombra de un gigante recostado al sillón con aquel trajecito, y me preguntaba cómo podía ser posible que de tan febril agotamiento hayan salido versos antológicos, frases geniales, pautas políticas, manifiestos de vida, y las grandiosas bases del Partido Revolucionario Cubano. Sólo un dios puede conseguir titánica hazaña. Lo vi después conspirando con Gómez, pujando con Maceo, envuelto en rabia, ansioso, de pasión inflamado, humilde como un niño, fiero como un leopardo, escrutando en alta mar el cielo negro, saltando sobre la arena de Playitas, abrazándolo todo con aquellos bracitos como si las playas y los montes cubanos fueran suyos. Finalmente aquel gesto imprudente de morir cara al sol.

 

Yo quería a Martí, al de los libros, al que estaba en el busto de la escuela, al de La Edad de Oro ¡qué historias tan hermosas! Lo quería ¿por qué no? Como se quiere al compañero de pupitre, o al vecino, por simple cercanía. Pero ese trajecito del museo ¡qué cosa! lo trastornó todo. Un sol contra la vida encarcelado en un traje zurcido. Sólo en alma, espíritu batiéndose; desarrajando montes, derribando murallas. Fue ahí exactamente –ni antes ni después- en que empecé a quererlo, dicho de modo íntimo, como se ama al amor de la primera vez. Un traje. Se dice y no se cree. Una simple prenda de vestir pudo abatirme el músculo. Revolverme el misterio.

 

Y así, cuando en mi mente la angustia comienza a apagar los candiles –esos momentos raros en que el nervio se afloja-, me abrazo a la memoria de aquel traje como el niño a su madre, desnuda e indefensa; o temblorosa y leve, como el agua a su pez.

Septiembre 21, 2008

REQUIEM PARA SOLÁS

Hay tristeza en el cine cubano, se ha ido uno de sus maestros. El escaló los cimientos más altos de un creador: convertir sus ideas en obras.

 

Fue el director de acontecimientos cinematográficos como Manuela (1966), su ópera prima; Cecilia, donde expresó su genialidad escenográfica y audaz sentido de la ambientación; Un hombre de éxito (1986), primer filme cubano nominado al Premio Oscar a la Mejor película en Lengua Extranjera y El siglo de las luces (1991), basada en un texto del escritor cubano Alejo Carpentier.

 

Cuando ellos construían esos enormes edificios del hoy tan respetado cine cubano, nosotros no éramos nadie. Tratábamos de ensamblar pedacitos de sueños con el instrumental de la imaginación, pero sin la pericia ni la preparación oficiosa del experto. Para los jóvenes que proveníamos de otros medios, la escuela era casi vouyerista: aprender con la mirada. Fijarnos en la composición de cada escena; qué se sentía al observar la iluminación de ese plano; examinar cómo fueron colocados los elementos escenográficos o la integración de la banda sonora en tal momento. Ellos eran nuestra escuela. Nos enseñaron a hacer cine a lo grande, porque en Cuba, aunque es pequeñita, todo lo queremos redimensionar.

 

Pienso que cada pueblo se parece a su Virgen. Nuestra santísima Oshún, -la energía yorubá de la Vírgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba- dotó a los cubanos de su carácter amoroso, dulce, compasivo, pero también vanidoso, creo que es por eso que los cubanos cuando hacemos algo, necesitamos hacerlo gigantográficamente, aunque no tengamos un peso. Y así como hicimos la Revolución, que es -desde luego- la más grande de América, hicimos el cine al orgullo cubano.

 

En los aciagos noventa, esa época en que pensamos que el mundo se nos venía encima, se aparejó a la caída económica, una elevación de la creatividad. Un ímpetu inventivo de encontrar salidas, de salvar, al menos, EL PROYECTO.

 

Y es cuando Solás propone crear un espacio para hacer cine con pocos recursos. A este espacio le llamó cine pobre, y gestionó el ya conocido Festival de Cine Pobre, cuya sede resultó ser Gibara, el pueblito donde se filmó Lucía, la película que lo catapultó. El término “cine pobre” nunca me agradó, me causaba cierto extrañamiento, porque el cine no se hace como la pintura. Los artistas plásticos inventaron en los sesenta el arte povera, la obra se armaba con materiales baratos o poco costosos y de cierto modo funcionó porque sólo se necesitaba añadir el talento y las manos del artista; pero el cine no comulga con la pobreza. Los recursos tecnológicos que se necesitan para levantar una imagen cinematográfica son costosos. El cine es un género que está relacionado con la solvencia, el bienestar. Sin recursos es bien difícil hacer un buen cine.

 

Alguna vez supuse que el proyecto de cine pobre fue una posición de dignidad del realizador cubano ante la inmovilidad de nuestro país, el cruel bloqueo de los Estados Unidos contra Cuba y la pobreza mental y conductual de algunos funcionarios y especialistas del ICAIC. Fue, quizás, también la forma en que su temperamento romántico se expresó para favorecer un espacio a los nuevos realizadores, y hacer un cine que, sin ser contestatario, sirviera como universo crítico, cuestionador que es lo que depura y perfecciona los procesos.

 

Hoy pienso que fue el desafío de no entregarse, de sobrevivir y perpetuarse creando hasta el último momento, haciendo cine con su propia carne, con su libido, con la devoción y autofagia de sus células mentales, como una inmolación. De modo que es mejor celebrar su fuga, su violenta salida hacia lo eterno, y esperar atentos la señal de la claqueta, tomados de la mano, dejando a un lado nuestra rabia, el mórbido dolor del desespero. Con ese modo de golpear los molinos regresará convertido en un rayo, en el arco cenital de la lámpara que ilumine su próxima película: la de una Cuba nueva.

 

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