En todo el tiempo que viví en La Habana –quizá veinticinco años- usé unos diez pares de zapatos. Cuatro de ellos los tuve, recuerdo, las plantillas cocidas con alambre. Qué dolor en los pies cuando me acostaba y mayor cuando me levantaba. No podía dar un paso. Aún así la gente sentía envidia porque en medio de aquel dolor infame sonreía.
Mi amigo Palmón, que no conocía la envidia, después de su tercera exposición, dio de bruces con ella y cayó dando tumbos por las escaleras de su casa. Como no es hombre de fracasos, se incorporó rápidamente, sacudióse el polvo y empezó a pintar, pero en lugar de ultimar a la asesina la entrampó en su pincel creador, nada vengativo, y fue llevándola a golpe de color hacia una nueva identidad.
Por qué traigo esta historia. La envidia es una emoción tan despreciable que Dios la situó entre los siete pecados capitales. Lo que equivale a decir que quien desea vehementemente lo que el otro es capaz de conseguir, no merece clemencia. La envidia, aunque no lo creáis, puede llevar al crimen. La humanidad conoce dos famosos sólo por esta causa: la muerte de Abel a manos de Caín y la crucifixión de Cristo. Sin embargo, Palmón opta por la bondad que es, a la vez, belleza. Colocó al nefasto sentimiento en la etapa de gusano y lo convirtió en mariposa.
La envidia suele verse verde u amarilla. La pasión y la acción que se ponen en ella llaman al color rojo. No es casual que al unirse la luz roja y la verde aparezca un amarillo. Palmón le introduce el azul que se va comiendo en una secuencia de cuadros al verde y al amarillo. El simbolismo se haya bien enfocado. Cuando comienzan a aparecer las alas reina sólo la pasión del artista, y el azul cuasi morado nos conduce a un momento místico, a un toque de espiritualidad.
Con la Metamorfosis del gusano de la envidia Palmón construye un nuevo ser y una nueva colección ahora más envidiable. Lo cual quiere decir: ya está triunfando.
Raysa White
4 de febrero 2007
Santo Domingo
República Dominicana

