Al margen de la invasión tecnológica, la publicidad estereotipante de lo glamoroso, el
toque chic de lo “apasionantemente” foráneo, Pancracio Almonte o Palmón, como se le conoce en las inmediaciones de la creación visual dominicana, retrata lo insignificante e individualiza lo anónimo.
Lo trae a primer plano. Convierte en protagonista a la verdulera, el niño limpiabotas, el recolector de plátanos, la muchacha que va de compras, la familia de paseo, lo mismo de siempre. Al parecer, para él, la experiencia moderna no se contrapone con el transcurrir de lo habitual o típico. En su relato nada rompe el ritmo de la vida cotidiana.
Alguien, hace mucho, miraba así el devenir en los campos. Ese repetir en la acción incesante y pausada del alma contemplativa nos la delineó Yoryi Morel (1906-1979) quien dejó una manera sui generis de reparar en lo exiguo u ordinario, y arrancárselo al olvido. Almonte hace lo suyo a su peculiar manera con una frondosa contemporaneidad.
Cuando traza el contorno de las figuras nos recuerda la técnica del hard-edge painting, aunque finalmente no llega a serlo. Con el hard-edge el trazo se asemeja a una cuchillada, corte duro que se consigue regularmente con un tratamiento de acrílico rebajado. Almonte lo trabaja con óleo, y apelando a sus mañas de antiguo y excepcional rotulista, consigue ese entorno descontinuado como el trazo del carboncillo, que su mano experimentada dispone deliberadamente hasta convertirlo en un estilo.
Al construir los fondos –que son como módulos o fragmentos a modo de rompecabezas- juega con la pureza formal del abstraccionismo cromático que fascinó a Kandinsky y le hizo saltar luces al color. Así, dentro de cada uno de estos pedazos, intencionalmente delineados, mancha la tela como si dentro de ellos pudiera surgir un nuevo y sugerente mundo de subjetividad.
Probablemente tengamos en Palmón –captor de rostros en la muchedumbre, narrador de las causas perdidas, develador de mujeres sin rostro, perfecto colector de la perpetuidad- a un hijo fado de la luna que –aunque no por ello primerizo- en su primera individual presenta una emocionante intención, algo que se cocina regularmente en las guerras, o en las grandes novelas de Charles Dickens u Honorato de Balzac: convertir lo intrascendente en suceso, lo banal en profundo ¿y por qué no? lo común en legendario.
Raysa White
Santo Domingo, RD, 2004


esta muy buena lo unico que el es mi papa muy buenisima
comentario por alex — Septiembre 28, 2008 @ 3:48 pm |
Dile a tu papá que me debe un cuadro…que no se guille.
comentario por Raysa White — Septiembre 29, 2008 @ 4:07 am |