Leger, el “inventor” de máquinas


Por Raysa White

En arte, el siglo XX, se caracterizó por su mecanización y ruptura con todo tipo de tradiciones. Leger interpretó esta nueva era con abstracciones geométricas, trazos vigorosos y colores contrastantes.

 

Los sueños pueblan nuestra vida. Aún cuando se convierten en lugares comunes y soñar parece hasta ridículo, un buen sueño vale la pena de ser soñado.

 

Los artistas sobretodo viven de eso. Los pintores mucho, sobretodo porque como ven más que imaginar, sueñan. Y de estas escenas sacan los motivos de las suyas. Ha esto se le llamó surreal. Podría decirse una  subversión de lo real.

 

Fernand Leger pintaba, más que sueños, lo que para otros resultaba una obsesión. El mundo se había empezado a llenar de máquinas. El paisaje de otrora desaparecía para entregarnos un nuevo paisaje: moles cuadradas, trastopostásticas y corpulentas; adocenadas en diversas zonas obstruyendo el paso, aunque no fuese la intención.

 

En esos días, recién desmovilizado de la guerra, -la primera guerra mundial- se hizo amigo en Paris de dos grandes artistas, uno arquitecto y otro escritor y pintor. Eran nada menos que Le Corbusier y Ozenfant.  Entre largos cafés y anchos bulevares, debatieron los conceptos “puristas” de la creación artística, abogando por un “arte sano”. ¡Vaya que términos! ¿no? Un arte que reflejara el espíritu de la época. Leger se entusiasmó y con sus rectilíneas y trazos tubulares levantaba sobre la tela simulantes masas de acero y hormigón que daban cuerpo a la ciudad moderna.

 

Cada vez pintaba más máquinas, aunque no eran expresamente máquinas como las que conocemos. Las suyas eran otras muy diversas que recogían el sentir de un lugar, de un pensamiento y de una época. Por eso le llamaron “inventor” de las máquinas y retratista de la vida moderna. ¿Alguien recuerda haber visto La Ciudad, uno de sus cuadros más famosos? Como no paraba, y cada vez pintaba más y más obras con elementos industriales, dio pie a que le atribuyeran una estética: “la estética de la máquina”. 

 

Ese otro apego a crear ambientes lo hizo maestro de la escenografía, llegó hasta hacer una película, Ballet mécanique, cuyo decorado era, precisamente eso, ningún decorado.

 

Época maravillosa, cuestionadora; de aspiraciones y empuje. Todo está mal, hagámoslo bien. Bien es también diferente. Volteemos esto al revés y lo al revés pongámoslo al derecho. Se respira el morbo de la juventud. El impulso de la inexperiencia y la fe en la fuerza de la decisión. Se puede porque se quiere.

 

Cuando descubro lo que nos quiso mostrar con sus cuadros, sus piezas, sus diseños, ambientes decorados, con aquellas figuras y aquel modo de colocarlas en el espacio; cuando miro hasta donde llegó en sus afanes, creo identificarlo, a modo de retro, entre los bisoños jovenzuelos que despuntaban al siglo XX con el ímpetu del amanecer y los ojos resplandecientes, ávidos por meter la vida en ellos.  Moverse entre los asistentes a la famosa retrospectiva del Salón de Otoño, que tan vertiginosamente cambió los rumbos de la pintura. Bullía París, pues las ciudades tomaban más en serio los inicios de un siglo. Un mocetón español llamado Picasso, le pasó por el lado. Aún no se conocían. Alguien los presentó poco después.  Léger se suscribió al cubismo y pintó algunas composiciones. Y mucho abstracto. Era el furor de la época, cubismo y abstraccionismo, algunos artistas rusos se prendaron de su estilo, convirtiéndose en una importante influencia para el constructivismo.

 

Después marchó a los Estados Unidos, y llenó su artesa de acróbatas y ciclistas, pero no por mucho tiempo, pues su pintura cambió. También su pensamiento. Admiró a aquella clase obrera que veía bajar día por día a las fábricas. Cuerpos recios, continuos, obstinados. Los empezó a pintar tal como cual. Entonces se hizo el Leger realista de los años cincuenta.

 

Sucumbió como todos a la publicidad, y desplegó un arsenal de pósteres, digamos, carteles comerciales y cualquier tipo de arte aplicado, como vidrieras, mosaicos, cerámicas y diseño de escenografías. De hecho creó una fábrica de cerámica.

 

Fernand Leger. Me vino a la mente en estos días al ver pasar su cuadro El gran desfile (1954), hojeando una revista vieja de arte americano. El gran desfile, uno de sus últimos trabajos, hoy puede admirarse en el Museo Guggenheim, de Nueva York.

 

No han sido creadores, más bien titanes. Conquistaron la mente de los otros porque es lo que se admira del semejante, su dedicación y energía continuada en algún sueño, en alguna visión. ¡Qué modo de ser sinceros estos colosos modernos! ¿Modernos, dije? Consecuentes, tozudos, incesantes constructores. Los sueños terminan siendo nuestro ataque de originalidad. Llenar la realidad de nuestros sueños, que a la vez se llenaron de nuestra realidad. Uno a otra fabricándose: realidad y sueño. Un modo también de vivir y de inventarse.

 

La Habana, 1999. ©2002

 

 

 

 

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