UNA HISTORIA MUY ANTIGUA O YO LO QUE QUIERO ES “MI PEDACITO”


Sé que nada me pertenece sino el pensamiento que sin grilletes fluye de mi alma, y todo momento favorable que el destino clemente me permite gozar profundamente.

Goethe

Por  Raysa White

Como los maestros lamas, solo tengo que ponerme en una posición sosegada, cerrar los ojos y no dejar que en el proceso intervenga la razón. Salgo de mi cuerpo y floto. En minutos, -minutos es un decir, puesto que el concepto “duración” es algo que no puedo precisar, ya que el tiempo en ese estado no se percibe- comienzo a trasladarme hacia regiones inexploradas. Todo está ahí como si alguien lo hubiese filmado o grabado. En aquella región enorme y despoblada, animales gigantescos deambulan como transeúntes en la Calle ocho o en el histórico Malecón de La Habana.

De repente un grupo enorme de seres semidesnudos o vestidos con pieles de animales y andar desesperado rodean a uno de aquellos gigantones que, ya sea desperdigado, escapado o extraviado, ha quedado solo. La historia es conocida. En un tiempo relativamente corto –pues para Dios cada semana es un siglo- esos individuos, si se quiere, diminutos; han vencido a los sauros.

Pero ocurre que cada vez, hay menos de ellos que se animan a luchar. Matar sauros es un riesgo muy grande, además casi no quedan sauros. La parte más sustanciosa de las carnes y las pieles ha sido resguardada por un grupo élite, que, a decir verdad, demostraron no solo ser los más audaces, sino los más hábiles y quedaron como fuerza regidora.

A este grupo ahora le embargan las preocupaciones. Han sacado cuentas y confirman que tienen carnes y pieles hasta digamos diez años; pero después de esos diez años de qué se proveerán. Los consejeros conocen un secreto que aún no se ha dicho: la tierra también provee desde adentro, si se llenan de ánimo, la abren, roturan, amansan y alimentan. Pero este trabajo que no es tan peligroso, pero si más duro que matar, no garantiza la tajada justa. La gente no se anima.

Cuando piensan que todo está perdido el grupo consejero le propone a los jefes de la tribu: Dale a cada cual su pedacito, ¿no es lo que están clamando?, y prométanles que los van a resguardar de todos los peligros interiores y exteriores por sólo un diezmo. Que lo demás es de ellos y con ello pueden hacer lo que quieran: consumirlo, regalarlo o intercambiarlo.

La humanidad -cuya naturaleza es naturalmente egoísta- fue feliz por un tiempo, y creció como la boca de un hipopótamo hambriento; las mujeres parían y parían por racimos…era tanta la felicidad.

Pero un día el pedacito no les alcanzaba o no les rendía lo mismo. No había más espacio; querían un pedacito más grande.

Se descubrieron algunos síntomas de desigualdad sin que mediara orden ni decreto, por ejemplo, algunas familias se habían excedido en la multiplicación de su prole, lo cual no era mal visto, a fin de cuentas se necesitaban más gentes para domar esas inhóspitas regiones.  Alguien de los fuertes sugirió: -Ayudémosle un poco con lo nuestro, si se quiere tenemos de sobra.

Y así, probablemente, nació lo que en posterior se llamaría “subvención del Estado”.

A los que no habían dedicado el tiempo a trabajar su tierra porque no les venía bien al cuerpo, -ya que, si el Estado lo da, ¿por qué contradecirlo?- , amenazaron con quitárselas. De ahí nació la mendicidad y las primeras células militares porque muchos no querían enmendarse dócilmente.

Sin embargo, ocurrió un tercer caso.

A Juan y a su vecino le habían dado la misma cantidad de tierra, una al lado de la otra. Pero ocurría que en la de Juan, sin nadie poner mano, crecían las plantas solas; mientras que en la de su vecino debían trabajar duro para hacer que esa tierra produjera. A Juan le costaba menos crecer en abundancia, que a su vecino. Miles de años después descubrieron que por debajo de la de Juan corría un manantial que la humedecía; no había por qué cargar aguas ni fabricar grandes estanques para almacenarla cuando llovía. También se supo que las semillas, en la tierra de Juan, la dejaban caer los insectos cuando tomaban el polen de las flores de su vecino, no por privilegio de nada, sino por descuido. Pero en ese tiempo ¿quién se lo iba a imaginar? A ello se le llamó tener suerte.

Comenzaron a pensar en la injusticia divina y clamaban y clamaban y clamaban, pero ni Dios podía quitarles a esos seres lo que por ley de gracia habían recibido.

Y comenzó el desanimo de nuevo.

El síndrome de la primera y lógica desigualdad entre la pequeña élite y las masas había hecho metástasis por toda la tribu y no lo aceptaba el de igual a igual. Emergió la envidia, la rabia y la desilusión. Se agudizaron los conflictos. Y nació también el brujo y la brujería. Se complejizó la sociedad.

Desde allá a acá, el gran problema es y será: la distribución.

De hecho insoluble.

No hay ley que la unifique, ni siquiera la divina. A ello han dedicado su vida entera los cerebros más brillantes del género humano. Se han derramado ríos de sangre. Y se han creado cientos de ideologías. La igualdad en la distribución no es posible.

El cristianismo trató de llevar a las personas a este concepto y fracasó. Masas recostadas contra las paredes, no tiraban un golpe. Por el contrario, refunfuñaban. Debe esclarecerse que el cristianismo, en este sentido, no desarrolló ideas de Cristo, pues Cristo no trató temas de economía. Cristo se rebeló en contra de los egoísmos de aquellos que tenían bienes mucho mayor de lo que necesitaban, y los apretaban contra sí como si fueran criaturas fruto del amor. Él, más bien, se movía en terrenos de ética.

Los llamados apóstoles cristianos, conscientes de la repugnancia que Cristo sentía hacia el amor desmedido por lo material, crearon comunidades tratando de que estuvieran alejadas del egoísmo; y donde lo fundamental consistía en amar al Sacrificado, porque por Él se iba al Padre, y amarse el uno al otro para que, entre otros valores, floreciera la colaboración. Pero debemos detenernos en un detalle, el cristianismo que llega a nosotros viene a través de la labor de Pablo, un romano que va a parar a las comunidades griegas, y contamina las intenciones de Cristo con la cultura helénica, en especial, de ciertas corrientes filosóficas de gran potencial humanístico que habían tomado ya fuerzas en la intelectualidad griega, y dondequiera que esos griegos pusieron residencia. (*)

Al cristianismo suelen identificarlo con la igualdad, pero Cristo no tiene que ver con esto. La noción de Cristo iba más allá que una repartición de trastos. Porque eso es lo material, trastos y cachivaches que con el tiempo se deterioran o desaparecen. Hasta nuestros cuerpos se convierten en polvo.  Por eso me desconsuelo cuando algunos piensan que la solución es volver atrás y sacan la bandera del “pedacito”.

El “pedacito” es fatal. Volver a fragmentar el mundo.

Por eso comencé por la historia, desde luego grosso modo, de la humanidad. Darme “mi pedacito” es reproducir el mal. En primer lugar, porque como se ha visto, el mundo ya está repartido, habría que quitárselo a otro, y reproducir cada cierto ciclo el “quitar” para “dar”; un “quitárselo”, que no queda otra que hacerlo a la fuerza,  lo que no es aconsejable, pues a la larga trae rencor y más violencia; incorporándose por añadidura un sentimiento de injusticia que se traslada de hijo en hijo y de familia en familia reproduciendo la negatividad y el odio. Potencial monstruoso que suele caminar por dentro, lentamente y sin control externo. Sólo está esperando una señal para proyectarse como un trueno.

El clamor por “mi pedacito” es el modo estrecho y natural de ver la distribución.

Yo, que cada vez siento estar más cerca de Dios, elevo mi ansiedad a planos más sutiles. Pienso que la vida se nos va martillando remaches, para que el dique de nuestras pequeñas y particulares presas no se desmadre. Porque así ha quedado el mundo: partido en pedacitos. ¿Y el resultado cuál ha sido? No hace falta contarlo.

(*) La historia de Platón es un fiel reflejo de esta afirmación. Ver todo el periplo del sabio en sus forzados exilios o destierros.

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