El poder de Jesús


Por Raysa White

mi_cristo_eres_tu_amarilisveliz

obra de la artista cubana Amarilis Veliz Diepa

Rebobinando la cinta de mis recuerdos, tomo conciencia de los momentos que viví: enferma, deshidratada, sin recursos económicos ni nadie que pudiera sostenerme. Echada en un inhóspito cuartito –sin luz y bautizado con chorreras de agua-cada vez que caía un aguacero; llena de deudas –que pagaba con un contrato milagrosamente concedido por una institución del estado-, y más de dos chillando para que me dejaran sin él. Pudo haber sido que el dolor, de tan tenaz, no dejaba al cerebro espacio para pensar, pero mi situación física no podía ser más delicada.

Sin embargo, nunca se alojó en mi conciencia el tema: ¿Qué será de mi vida? Pudiera decirse que nunca fui consciente del proceso por el que estaba pasando. Mi opción fue encomendarme al Señor, no con la ansiedad del preocupado, sino como el hijo indisciplinado que conoce su falta y está dispuesto a pagar por ella. No me sentía con moral para otra cosa.

Hice el retiro con mi comunidad y luego sola. Cierto es que Dios nos escucha siempre, mas pienso que es beneficioso compartir espiritualmente en comunidad porque somos parte de ella y nuestras decisiones afectan al inconsciente colectivo. A la vez, no está de más lo hagamos individualmente, conversando con lo interno, donde también existe una colectividad íntima –el misterioso trino- del cual necesitamos consenso.

Ahí tomé responsabilidad de mis errores fundamentales e hice el compromiso de repararlos. Y a partir de ese momento –apoyada en la oración- comencé a levantar mi vida.

Y descubrí que si estamos dispuestos a empezar de la nada, con humildad, seremos rescatados. Si estamos dispuestos a adherirnos a su proyecto, Jesús nos protege. Y a través de sus fieles, sus ejércitos, las fuerzas de las que Él dispone, su protección se hace firme.

¿Qué nos pide Jesús? Primero, reconocer a un solo Dios, como único y verdadero. Esta noción es muy importante porque hay quienes personalizan a Dios a su imagen y conveniencia. De modo que en lugar de temer u obedecer al Altísimo, temen y obedecen al monstruo que llevan dentro ¿La otra condición? Estar en disposición de amar a los otros y, en la medida de nuestras posibilidades, como recomendaba Pablo, mantenernos en armonía con ellos. Decirlo es fácil ¡Qué reto! Tener que amar a tanta gente miserable, a quien te violó a tu hija, a quien asesinó a tu padre a quien destruyó tu matrimonio, a quién te desacredita por rivalidad o habla mal de ti sin conocerte.  Qué rareza aceptar a quien te traiciona, insulta, te rumora, te humilla o se burla de ti, y después lo ves comulgando en el templo o besándole al cura la sotana.

¿Qué Dios me regaló, después de tantos sinsabores?  La Verdad del amor.

¿Y qué visualicé después de este regalo? Que el Amor es algo imponderable. Sólo el amor protege de la traición. Nos aleja de la deslealtad y el egoísmo de los que nos rodean. Nos mueve al compromiso con el que sufre y nos provee de fuerza para ser consecuentes con una causa. El amor es un atributo que, si tiene una naturaleza verdadera, sobrepasa el poder del dolor.

Muchas personas piensan y afirman que del amor pasamos al dolor. No creo que la transición se dé de este modo. Es el dolor quien nos hace reconocer la fuerza del amor cuando logramos trascenderlo en función de una creencia, proyecto o utopía.

Esa es la lección que nos dio Jesús, el Nazareno.

Jesús nos probó que en la naturaleza humana había un componente más efectivo que el miedo y el dolor. Y lo probó en la cruz con el sacrificio de su carne.

Para demostrar su tesis, aceptó nacer como humano, es decir, encarnar. Este proyecto trajo una nueva noción al espíritu: la re-encarnación. Porque el premio que el Padre otorgó a Jesús fue el poder de la vida eterna, a través de la autoridad sobre las huestes espirituales.

La espada de Jesús es el amor.

Si amamos a Jesús es que hemos aceptado el poder del amor. Pero Jesús en su infinita inteligencia pide pruebas de ese amor. ¿Por qué? Él cuando nos elige nos está entregando algo grande, y lo grande no se da porque sí. No estamos hablando de misericordia, sino de lo que se va a poseer para misiones de gloria. Así como el Padre nos da “gracias”, Jesús nos otorga poder. Un poder que debe ser correctamente ejercido, por eso debemos estar adheridos a Él, en obediencia, porque de Él viene la razón -la verdad- de la misión.

De ahí que cuando yo clamé Él me respondiera con su misericordia –que es con su Amor- y me enviara este mensaje: Voy a levantarte de entre las piedras. Llegará el tiempo en que yo te pediré un sacrificio para saber si tú me amas. Estad lista.

No se trata de una respuesta exclusiva. Muchas personas han recibido esta respuesta.

¿Qué necesita Jesús de nosotros? ¿No vive Él muy bien en las alturas? ¿Por qué acudir a auxiliarnos? Porque nos AMA. ¿Pero va a echar sus perlas al cerdo? Decididamente, no. Él nos conoce. Es bueno recordar la parábola del joven Natanael cuando descansaba debajo de la higuera. (San Juan 1, 45-51).

Seamos quienes seamos Él sabe cada cual a quién lleva dentro. Hayamos lo que hayamos hecho Él sabe a quién puede entregar su espada y convertir en guerrero de la luz.

Con ese amigo de tu lado ¿qué mayor poder quieres tener? ©

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2 comentarios en “El poder de Jesús

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