La carta que viajó en una botellita


Creía que esa tarde había cerrado la compuerta, pero la primavera suele traerme sorpresas insospechadas y, limpiando los correos que casi nunca abro, me encontré una nota de la amiga de los años Juliana Alcántara que vive con su esposo en un pueblito al sur de Francia y decía: Raysita, tengo algo tuyo que seguro vas a querer recuperar. Te vas a caer contra el piso, Jan y yo estuvimos en Punta Cana y nos encontramos una carta firmada con tu nombre, flotando dentro de una botellita. Preciosa. Me emocioné muchísimo. Me dio mucha alegría encontrármela.

No sabía cómo localizarte y alguien me dijo que vivías en Dominicana y me dio este correo.

Escríbeme. Un abrazo de té con romerillo.

No puede ser, pensé. De la vergüenza, sentí un calor tremendo en la cabeza, porque era algo tan íntimo. Pero qué se le va a hacer. A los pocos días le respondí y le pedí, que me copiara el texto de la cartita. Habían pasado más de 15 años.

Solía salir, a veces, desde el ICRT, hasta la parada de Línea, y como las guaguas se demoraban tanto, o pasaban llenísimas y no paraban. Perdida la paciencia me iba hacia el Malecón y echaba a caminar, bajaba a La Puntilla, no recuerdo bien el nombre, un descansillo de rocas cercano al restaurante 1830 y allí me sentaba a contemplar el mar.

la_puntillaOcurría que las olas se empezaban a mover más rápido, a elevarse y dar fuerte contra el muro. En mi loca imaginación pensaba que era por mí, las saludaba, les contaba cosas y me ponía a escribir en un cuaderno que había traído de Colombia en mi primera salida al mundo.

De ese viaje a Colombia conservaba un maletín negro que me había regalado la amiga periodista Liliana Vásquez, hoy conductora y directora de un popular programa en Medellín. En ese maletín, junto a guiones, cables, micrófonos y una grabadora, cargaba con una linda libretita de papel reciclado, regalo de mi otra amiga, la abogada norteamericana Emily J. Yozell, a quien le había dado el nombre de Reina de los Detalles, porque no había un viaje que Emily hiciese a Cuba, y no llevara un detallito que colmara mi felicidad.

El otro personaje que me falta mencionar en esta historia era la botellita de coñac. Un trofeo ganado en un evento de mujeres en Sevilla. Donde conocí a Rosmery Valdés, funcionaria de la Casa de las Américas, que oficiaba un poco como la coordinadora, y nos acompañaba también la periodista argentina Ana María Radaelli, esa gran pintora que es Alicia Leal, y no sé si Lourdes Benigni, la Directora de Arte de la Casa, creo que alguien más.

A cada una nos habían reservado la habitación de un hotel con una neverita llena de muestras de diferentes bebidas. Resulta que una de ellas se había bebido algunas pensando que era un obsequio, y al final, había que pagarlas. Empezamos a reírnos, y como el mal ya estaba hecho, me quedé con dos: una de whisky y otra de coñac,  y las tenía como una reliquia de mi viaje a Sevilla. Un día me di cuenta de que alguien me hizo la broma de beberse la de whisky, y la llenó de agua coloreada, pero me dejó intacta la de coñac. Esa fue la botellita que, de vez en cuando, cargaba en el maletín, con ron viejo Habana Club para darle un cariñito a Corderito, un productor que quería y quiero muchísimo, y le gusta empinar el codo.

Una tarde obstinada, muy triste y abatida, me senté en La Puntilla. Como las olas eran mis amigas, les pedí un favor. En lugar del cuaderno, saqué la libretica de Emily, escribí una carta a la Virgen. Decía así:

“Amada madrecita mía, préstame tus olas para nadar o tu aire para volar porque me estoy ahogando. Sácame de esta Isla por un tiempo, te lo suplico. Me falta oxígeno.

La vida se me va, virgen querida, como un amante ingrato. Y ya no sé que es bueno ni que es malo. Sólo sé que al tubo queda poco. Y no me pasa un día sin llorar.

Te amo, madrecita, no me dejes varada. Este barco está empezando a soltar la madera, ayúdame. Rescátame. Dame un halón y sálvame. No sé si pueda más.

Tu niña testaruda,

Raysa White Más (firmado)”

Arranqué la hoja, la enrollé, la encerré en la botellita, como había leído en las novelas de Julio Verne y se la entregué a las olas.

Datos curiosos:

En poco menos de un año viajé a Dominicana invitada a la Bienal del Museo de Arte Moderno, y regresé al año siguiente para poner residencia. Juliana es negra y tiene santo en Yemayá, por la religión yorubá. Yemayá es la energía de la virgen que rige las aguas del mar. Yo soy hija legítima de la Caridad del Cobre. Para mí, la energía de la amada Madre María, mi fuerza y pasión a quien dedico los triunfos y entrego los sinsabores. La que me cuida y me comprende. La Madre de Dios.

Cuando quiero agradarla tengo un canto que pongo a cada rato, porque me devuelve a la persona que era yo, en aquellos tiempos.

María, Mírame

Hoy en la Navidad, se los regalo. Úsenlo para halagar a la Madre María, si lo desean, lo demás no me lo tienen que contar.

Feliz Navidad

25 de diciembre de 2014

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2 comentarios en “La carta que viajó en una botellita

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