MELCHOR TERRERO….Y LAS PINTA GORDAS

melchor_terrero_familiaHay quien las echaba sobre la cama y las ponía a posar entre robustos bebezones o las envolvía en manzanas explotando una pose de matrona displicente, pero sus masitas no hacían vivir a Hilda Mansur.

Otros las esquematizan dando volumen a todo y burlándose con ingenua placidez. Melchor Terrero las tomó con amor y comenzó a diseñarles un sitio para que se sintiesen a gusto. Bellas y contemplativas desparraman sus carnes coloreadas con almibarada beatitud. Dentro del paisaje pasan a ser objetos naturales. Su obesidad no molesta. La desproporción excesiva no deshace su belleza.


Como seres normales desarrollan las faenas y no sienten la sofocación del respiro cuando sacuden la tela en el aire o ciegan las rosas en los extensos sembrados. Para Terrero ser gordo no es una excepción. Ni para justificar la amplitud lo engorda todo. El sólo coloca la excepción dentro del contexto común. Deshace los cánones y legitima una belleza diferente a la establecida. Quiebra mitos e ignora reglas.

Fue alrededor del siglo XVIII cuando ocurrió una de las más sonadas rupturas con el arte clásico. Aquellas pautas establecidas por Fidias, en especial la proporción y la moderación pasaron a ser historia antigua con el protagonismo de la pintura flamenca. El estilo barroco pasó a ser partido de gobierno. El barroco –que algunos piensan se haya relacionado con lo “pesado” o lo exagerado- comenzó a hacerse familiar. Tal vez pudiera asomar un cierto barroquismo en la obra de Melchor Terrero si nos asomamos prudentemente por esta zona de la definición.

Hace algunos años –en los inicios de los sesenta para ser más precisos- un grupo de artistas norteamericanos hicieron algo similar creando una nueva visión en relación a una realidad que entraba en sus vidas a través de la publicidad, imponiéndoles sus productos, sus cánones y sus ideas como esas gentes que entran a la casa con un puntapié en la puerta.

Con responsable ironía las convirtieron en íconos y propusieron una manera de percibir que rechazaba todo tipo de intención estandarizante. Andy Warhol, por ejemplo, inmortalizó la imagen de la lata de sopa Campbell. Roy Lichtenstein, desplegó toda una gama de temáticas al estilo de los comics. Ellos fueron paladines del pop art o arte popular norteamericano.

melchor_terreroAún cuando la postura de Terrero no es crítica como la de los estetas yankis, el mero hecho de dulcificar la imagen que el canon rebate, dotar de belleza los rostros, colorear la piel hasta provocar el tacto, manejar una composición recostada a la frontera de la publicidad constituyen un conjunto de acciones que se arropan dentro de un enfoque de rebelión contra el esquema de la sociedad.

A pesar de que, en su caso, el hecho guarda relación más por el gusto al trazo curvo, a la línea ovalada, que con una actitud sociológica.

Terrero disfruta el volumen con la misma disposición que un escultor. Modela la figura. La tridimensionaliza. Y con el gesto de una mano que usa el cincel, la sombrea. La línea curva dota a sus personajes de elasticidad y poderosa sensualidad. Sensualidad que invita a tocar y que provoca placer, estimulando en el espectador una aceptación nueva de la belleza física. Un tratamiento que –en su caso- lo recibe sólo la figura humana, porque el mundo físico que la rodea sigue siendo una figuración consecuente de lo real. Así aparece una especie de abstracción que se da en su pensamiento. Es decir, abstrae del mundo físico real a sus volumétricas figuras humanas. Y las pinta gordas. Ellas se independizan del modelo generalizado coexistiendo con el mundo real, de cual se apropian sin más ni más. Se naturalizan.

Una desacralización del canon no hace más que apuntar a una verdad bien conocida en relación a la modernidad: su caída. Lo que más me fascina de este asunto es la forma en que ha conseguido armonizar artísticamente la propuesta. Pinta a sus personajes voluminosos, pero no deformados. En el caso de las féminas, estas no poseen la talla 46 ni emanan el sex appeal de Ruby la mascota de The Body Show, tampoco desparraman sus atributos como la famosa Venus de Wellwndorf; sin embargo, son figuras mayormente de apariencia tierna, algunas ingenuas o dedicadas, lavanderas, recolectoras de flores, provincianas, seres agradables que ejecutan hazañas voluptuosas, eróticas y espirituales con simplicidad y desenfadado. Sin producir extrañamiento en el espectador, por el contrario, logran conseguir una generosa simpatía.

Terrero con esto abre un expediente de antinomia en el mismo centro donde la anorexia y la bulimia se empoderan del ideal estético. Dentro de este territorio el pintor coloca a sus exuberantes personajes y los hace compartir las peripecias de la vida. Carga contra el mercado de lo aparencial. Asesta un golpe sincero a una tiranía que tiene su estado mayor en el reino de la massmedia. Algunos suspicaces pudieran hablar de un nuevo estereotipo. Ujum, –susurro- a un estereotipo otro. ¿Por qué no? Y el hecho de que Terrero las pinte gordas, a mi, particularmente me hace sentir muy bien.

 

Raysa White

Santo Domingo, 2002

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