Padre, ¿por qué los persigues?

De compasión no hablemos, hablemos de derechos. La homosexualidad no es un defecto ni una aberración ni una mala conducta. La homosexualidad es el núcleo sensible de la naturaleza humana que no puede entregarse a la unión netamente animal por razones precisamente naturales.

La resolución del Vaticano contra la legalización del matrimonio entre homosexuales ha tomado la primera página de importantes diarios, acompañada de un breve cintillito -o debajo o a la derecha- de la posición, al respecto, de George Bush, presidente de los Estados Unidos, lugar donde se protagonizó el triunfo jurídico de una reclamación legal iniciada a finales de la pasada década y, a raíz de que el hijo adoptivo de un matrimonio gay cuestionó a sus padres moralmente -léase éticamente- por no estar legalmente casados.

La conducta valiente, culta y desprejuiciada de un jurado a tono con los conflictos de su época abre el camino a una nueva vertiente en pos de la organización de la sociedad de acuerdo a la complejidad y necesidades actuales. Texas deroga la “ley contra la sodomía”, detrás Massachusetts. Canadá da un paso decisivo. Esto choca con el dogma de la Iglesia Católica y la Iglesia emite una Resolución.

La noticia remueve los cimientos fosilizados de una cultura encaminada a preservar viejos valores de una sociedad cuyas bases crujen cada vez con menos discreción.

Se divisan ya los cráteres, donde la sociedad comienza a hundirse, sino se llega a un consenso que admita examinar la vida desde una óptica diferente al concepto excluyente de generalidad. Hay que encontrar solución a los conflictos cuando estos se nos vienen encima como una realidad ineludible.

La continuidad de la vida demanda una revalorización

La crisis de valores responde a una decrepitud de conceptos que no se ajustan a las expectativas actuales del desarrollo social. Comienzan a desfasarse frente a los descubrimientos científicos y la dinámica que estos generan. La continuidad de la vida demanda un revalorización a tono con sus requerimientos. El viejo pensamiento que se resiste a morir es empujado por una nueva ola que se impondrá en su momento con su cuota de martirologios y sacrificios como ha costado siempre a la humanidad -a causa del egoísmo de los grupos en el poder o en pos del poder, pues de eso se trata- su no aniquilamiento.

El tema de los homosexuales pasa a la palestra pública, mal que pese a ciertos status, a causa de una temible enfermedad que por fuerza de la verdad dejó de ser azote de los gay para convertirse en azote de la humanidad. La lucha contra la propagación del síndrome de deficiencia humana VHI se torna infructuosa a pesar de los esfuerzos y cuantiosas inversiones económicas por parte no sólo de los Estados, sino de donaciones personales o grupales. El SIDA concierne hoy a toda la sociedad porque toda la sociedad cada vez más se haya en peligro de contraer el SIDA. La respuesta de las Iglesias, no sólo la Católica, es que la única solución que tiene el ser humano es la de ser casto. Sobran los comentarios. Y para ello, invocan a la “normalidad” en la unión y conducta sexual de las parejas, recordándoles el carácter ¿sagrado? de la familia y la razón reproductiva del acto sexual. Como si las iglesias trataran con cerdos, perros, caballos y no con seres dotados de inteligencia superior cuya líbido cumple no sólo una función reproductiva, sino de empuje individual que es la fuerza motora primaria de la evolución y el desarrollo humanos.

Se ha tratado de obligar a esta parte de la humanidad a callar

Las vida ya nos da en la cara. La homosexualidad no es un defecto ni una aberración ni una mala conducta. La homosexualidad es el núcleo sensible de la naturaleza humana que no puede entregarse a la unión netamente animal por razones precisamente naturales. Su naturaleza no se lo permite. A lo largo de la existencia humana se ha tratado por todos los medios posibles de obligar a esta parte de la humanidad a callar el asunto, y a mostrarse “igual que los demás”. A ser “normales”. ¿Qué es la normalidad? ¿Qué los seres vivos actúen en contra de su propia naturaleza? Para qué continuar en la misma discusión. Se sabe que en la antigüedad se respetaban las uniones homosexuales como algo lógico y normal. Las guerras de conquista, y el consabido diezmo de la población que ponían en peligro la preservación de los mismos dieron lugar a la famosa consigna política de los dirigentes hebreos Creced y multiplicaos, para salvar a su pueblo del exterminio.

¿Hoy día cuál sería su función en una sociedad que va hacia un crecimiento controlado?

La lucha de los homosexuales en los Estados Unidos va más allá del SIDA, tiene una marcada postura ética y de derechos que no debe ser ignorada por las fuerzas progresistas de la sociedad. La comunidad homosexual no goza de amparo legal. Como parte existente de la sociedad la obligan a ajustarse a los límites de las leyes generales decretadas para el sentir de las mayorías. Las minorías deben pasárselas sin la protección de la ley. Ellos no son diferentes, dice la Iglesia. Son personas como otras y punto. Las leyes son para todas las personas y no se pueden hacer salvedades.

A partir de los 60, quizás un poco antes, numerosas personas de orientación homosexual comenzaron a negarse al juego, y empezaron a reconstruir las bases de sus derechos dentro de la sociedad. Bajo la ideología de Orgullo Gay afamadísimos nombres del arte, la informática, la educación y las ciencias sorprendieron a la opinión pública con su confesión. El stablishment, no sólo el norteamericano, consiguió con sus habituales resortes controlar este masivo “yo me confieso, y me enorgullezco de serlo”, que movía los tablones de toda una tradición patriarcal.

Los grupos de poderes necesitan conejillos de Indias para diversionar sus momentos de crisis. Por épocas han sido los negros, los indios, los judíos, las mujeres, los homosexuales, las sectas tales y más cuales, en fin la historia es conocida. Esta vez ha sido más difícil, se trata de organizaciones que, agrupan más de un millón de miembros en un solo país. Y en cuyas directivas se encuentran científicos y profesionales prominentes con gran poder económico ha optado por conversar con ellos: “la sociedad aún es muy sensible a estos temas”, “no está preparada”, etc.

La Iglesia Católica puede decretar lo que ella entienda. Su historia de dogmas e intransigencias es bien conocida. ¿O es factible que tenga influencia sobre el poder jurídico de la sociedad una Institución que tardó más de tres mil años -aún con las naves sobrevolando el espacio casi a un punto de convertirse en taxis- en reconocer que su postura con aquel científico italiano había sido un error, lo cual de hecho reconoce el atroz crimen cometido con Copérnico, a quien se le tapó la boca con extremada crueldad. Con decir: “Lo siento”, no basta. La Iglesia Católica tuvo su oportunidad y la perdió por soberbia. Costará otorgársele de nuevo mientras que Dios, el verdadero, el Todopoderoso, exista y rija el alma y la vida de los seres en este universo. Pero los militantes honestos de la Iglesia Católica, sus incontables mártires, esas enormes almas anónimas que entregaron y entregan cada día sus vidas a la caridad y al amor verdadero por la salvación de los seres humanos o que vibran eternamente en la bóveda cósmica; esos grandes jerarcas de la lealtad a Dios y a sus hijos que enfrentaron todo tipo de represalias y sortearon con su infinita fe incontables obstáculos en nombre de la Iglesia Católica, mantienen vivas la fe y la confianza en la verdadera esencia del cristianismo que también se deposita e incuba en la sapientísima matriz de la Iglesia.

De modo que el debate no se ha de centrar sólo en el documento emitido por el Vaticano. El debate concierne sobretodo a la postura de los medios de difusión a la hora de difundir sus noticias. A la marcada manipulación de sus titulares, lecturas entrelíneas y colocación subliminal de los mismos.

El golpe bajo no lo da la Iglesia Católica, sino los medios de comunicación. La Iglesia Católica va a perseverar en su postura dogmática per seculum seculorum. Pero si la sociedad se uniera de algún modo en la compresión desprejuiciada de ciertos fenómenos, el tratamiento de los mismos fuera un poco más eficaz.

Desde luego, cada cual responde a sus propensiones personales. La frase, eso es un problemas de ellas o eso es un problema de ellos, cepilla aparentemente la conciencia de quien la emite, pero no le exime de la responsabilidad. Somos parte de este mundo. Lo que ocurre en él nos concierne a cada uno, porque aunque no lo creamos seremos víctimas alguna vez de nuestra insensibilidad.

Santo Domingo, 4 de agosto 2003

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